Autoexigencia – Self-demand

¡Buenas tardes!

Hoy vuelvo al blog con un tema que todos los creativos parecemos tener en común al principio (y en medio, y al final) de nuestra carrera: la autoexigencia, es decir, la evaluación crítica que hacemos de nosotros mismos y nuestros logros constantemente… eso sí, de manera más bien catastrófica.

Imagínate. Te sientas frente al escritorio para empezar con un nuevo encargo. De repente, te entra mucho, mucho pánico, pero, ¿por qué?… Porque quieres que todo sea perfecto. Quieres tener una idea genial, que el lápiz fluya por tus dedos, que los bocetos se acepten a la primera, que no tardes prácticamente nada en colorear, ni en hacer cambios, ni en entregar el producto final. Quieres hacerlo todo en un santiamén y con un nivel de impecabilidad incuestionable. Te has marcado unos objetivos que cumplir, y no hay prácticamente tiempo que perder.

¿El resultado real? Bloqueo, ansiedad, estrés. Dolor físico, de muñeca o de espalda. Sentimiento de culpa y malestar general por no poder hacer lo que tienes que hacer, siendo más que capaz. Te has exigido tanto a ti mismo que, al final, no estás disfrutando del dibujo ni del proceso creativo, si bien has escogido esta profesión porque crear es lo que más te gusta en el mundo.

Pero, ¿de dónde viene esa exigencia, por qué nos exprimimos tanto a nosotros mismos, y no dejamos que, por ejemplo, el jefe de otra empresa lo haga? Ahí está el quid de la cuestión.
En sí, la autoexigencia no es una cualidad negativa, ya que esta tiene como fin hacernos crecer a través del cumplimiento de nuestros objetivos y el análisis que hacemos de los mismos. La autocrítica es necesaria para detectar nuestras flaquezas y trabajarlas, además de para ponernos nuevas metas que superar, tanto desde un punto de vista personal como desde un punto de vista profesional. Así pues, la autoexigencia bien llevada, se puede convertir en nuestra aliada.
El problema se presenta cuando la autoexigencia se convierte en autoexplotación. Esta última deriva, desde mi punto de vista, de una serie de deseos:

  • Del deseo de querer ser profesional. Buscas agradar a tus clientes en todo momento y al ciento por ciento, por ello, te marcas un ritmo de trabajo exasperante, para así cumplir con unos estándares que, en realidad, nadie te ha pedido cumplir.
  • Del deseo de demostrar (tanto a tu entorno como a ti mismo) que puedes con todo, que puedes vivir de dibujar. La creencia de que las personas creativas moriremos alcoholizadas y sin recursos (a lo Mackintosh) te ha dejado huella, de ahí que te hayas prometido derribar ese mito: trabajando sin descanso, llegarás a tu objetivo mucho más rápido y, por supuesto, con éxito.

Este cóctel de anhelos suele aderezarse con fijarse metas irrealizables, pensamientos obsesivos y tendencia a querer ser siempre productivo: finalmente, lo que acaba pasando es que nuestra preciada bebida acaba derramada por la mesa, acompañada de un enorme sentimiento de culpabilidad y el uso de un lenguaje peyorativo hacia nosotros mismos (“no sirvo para esto”, “no soy lo suficientemente bueno/a”, etc….) por no ser capaces de tener el control.

Por tanto, podemos concluir en que la clave de la autoexigencia no es la de convertirnos en superilustradores, ni en machacarnos, ni explotarnos; más bien, la clave ha de ser motivarnos y hacernos crecer. Para ello, es importante mantener los pies en el suelo, ser conscientes de lo que podemos dar y entrenarnos día a día para evolucionar. La inmediatez no existe en esta profesión (ni en casi nada en esta vida, me atrevería a decir): siempre hay un proceso de trabajo que seguir, unos deberes que hacer y algunos obstáculos que sortear. Por desgracia, los atajos y las prisas sólo sirven para hacernos dar un par de pasos hacia atrás.

Recordemos, además, que las personas creativas somos tremendamente sensibles. Funcionamos según la gestión de nuestras emociones, por lo que hay que tratar de tener siempre una actitud alegre, o al menos, un estado anímico que nos permita mantener el foco en crear. Para ellos, podemos probar a programar nuestra mente para tratarnos bien a nosotros mismos, incluso cuando el síndrome del impostor nos aceche y sintamos que no valemos: si dibujamos o creamos es porque disfrutamos con ello, porque nuestro fin profesional es sentirnos realizados (y si nos pagan por ello, ¡tanto mejor!).

Así pues, no seamos tan duros ni exigentes con nosotros mismos. No nos saboteemos, ni nos pongamos la zancadilla. Disfrutemos de nuestro talento como lo hacen otros artistas: es nuestra mejor baza, hay que saber aprovecharla.

Good evening!

Today I’m back to this blog with a topic that all creatives seem to have in common at the beginning (and in the middle and at the end) of our career: self-demand, that is, the critical evaluation we make of ourselves and our achievements constantly (and yes, rather in a catastrophic way).

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Let’s imagine for a moment. You sit at the desk to start a new commission. Suddenly, you get very, very panicked, but why? … Because you want everything to be perfect. You want to have a great idea, that the pencil flows through your fingers, that sketches are accepted on the first sight, that it takes practically no time to give color, make changes, or deliver the final product. You want to do it all in a second and with an unquestionable level of impeccability. You have set yourself some objectives to fulfill, and there is practically no time to lose.

The actual result? Blocking, anxiety, stress. Physical pain, I mean, real wrist or back pain. Feeling of guilt and general discomfort for not being able to do what you have to do, when, truth be told, you’re being more than capable. You have demanded yourself so much and, in the end, you are not enjoying neither drawing or the creative process, although you have chosen this profession because creating is what you like most in the world.

But where does that demand come from, why do we squeeze ourselves so much, and we don’t let, for example, the boss of another company do it? There’s the quid of the question.

In itself, self-demand is not a negative quality, since it is intended to make us grow through the fulfillment of our objectives and the analysis we make of them. Self-criticism is necessary to detect our weaknesses and work on them, as well as to set new goals to overcome, both from a personal point of view and from a professional point of view. Thus, well-worn self-demand can become our ally.
The problem arises when self-demand becomes self-exploitation. This attitude derives, from my point of view, from a series of wishes:

  • From the desire to want to be a professional. You seek to please your customers at all times and one hundred percent, therefore, you set an exasperating pace of work, in order to meet standards that, in reality, no one has asked you to meet.
  • From the desire to demonstrate (both to your environment and yourself) that you can do everything, that you can live from drawing. The belief that creative people will die drunk and without resources (à la Mackintosh) has left its mark on you, that’s why you have promised yourself to break that myth: in theory, working tirelessly, you will reach your goal much faster and, of course, with success.

This cocktail of longings is usually seasoned with setting unrealizable goals, obsessive thoughts and a tendency of always wanting to be productive: finally, what ends up happening is that our precious drink ends up spilled on the table, accompanied by a huge feeling of guilt and the use of a pejorative language towards ourselves (“I’m not good for this”, “My work isn’t enough”, etc …) for not being able to be in control.

Therefore, we can conclude that the key to self-demand isn’t to become super illustrators, nor to crush or exploit ourselves. Rather, the key must be to motivate us and make us grow. For doing so, it is important to keep our feet on the ground, be aware of what we can give and train ourselves day by day to evolve. There is no immediacy in this profession (or in almost anything in this life, I daresay): there is always a work process to follow, some duties to do and some obstacles to overcome. Unfortunately, shortcuts and haste only serve to make us take a couple of steps back.

Let’s also remember that creative people are extremely sensitive. We work according to the management of our emotions, so we must always try to have a happy attitude, or at least, a state of mind that allows us to keep our focus on creating. For doing so, we can try to program our minds to treat ourselves well, even when the impostor syndrome haunts us and we feel that we are not worth it: if we draw or create it is because we enjoy it, because our professional purpose is to feel fulfilled (and if we get paid for it, so much the better!).

So let’s not be so hard or demanding on ourselves. Let’s not sabotage ourselves. Let’s enjoy our talent as other artists do: it is our best asset, we must know how to take advantage of it.

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